sábado, 28 de febrero de 2009

OBSESIÓN (poema) por Pilar Moreno Wallace


Desiertos,
infecundos
están los campos angostos de pereza,
ocultas mis palabras
entre las sombras estériles de lo sembrado.
No hay tiempo para el órden.
Inútil se hace el silencio,
reseco el cauce de las aguas.
No hay bálsamo que calme los surcos heridos,
ni aljibes para recoger el ácido de los años.
Peregrina vigilia:
la voz se vuelve incómoda
y conjuga los verbos de nuevo en el futuro.
Despues ...
el aire
sumiso
se recoge.
Hay nubes,
narcisos en amarillo,
lluvias cansadas
y luz
que va tomando nuevos acentos
mientras siguen las imágenes requebrándome la memoria.
***

viernes, 27 de febrero de 2009

HISTORIAS DE AUTOBÚS por Mª Ángeles Cantalapiedra


¿Qué son tres euros? Tal vez dos cerveza, una cajetilla de tabaco, una piña, un kilo de tomates Raf… Quién sabe, quizá se pueda comprar otras cosas que nosotros no sospechamos…
Vi la muñeca, costaba tres euros. El vestido estaba sucio y roto, pero la muñeca tenía un ángel especial; después de dudar por mi osadía, la compré y salí zumbando de la tienda. Cuando llegué a casa la escondí hasta la mañana siguiente y una vez que comprobé que estaba sola saqué la muñeca, la desnudé y lavé su ropa. Mientras esperaba impaciente a que se secara mantenía la muñeca en mis manos, la miraba preguntándome que tenía ella para que una mujer seudo madura estuviera jugando a su edad. Planché el vestidito, peiné la melena y limpié su cara; al terminar, me dije “¿y ahora qué?”

Entonces recordé al hombre de tez calcinada que cada mañana se subía al autobús con enorme esfuerzo. En cada brazo llevaba una preciosa carga de valor incalculable. Una, emergía de una vestimenta azul eléctrico, en su rostro colgaban dos noches por ojos y una luna prendida en su boca; nunca he visto una criatura que sonriera tanto con su gesto. La otra, era una niña de pelo tizón que miraba hasta traspasarte el alma y su gesto era tan oscuro como una noche sin luz. El hombre se sentaba arrebujando contra él los dos cuerpecillos y besando continuamente las dos diminutas cabezas. Los niños iban limpios, se les veía bien alimentados y cuidados y… eran el juguete de todos los que íbamos en el autobús, cuesta arriba, cada mañana.
…La muñeca sin hablar me puso delante de mis ojos la cara de esa niña de apenas tres años cuyo gesto no sabía sonreír.

A la mañana siguiente la metí en una bolsa y me fui a trabajar, pero ni ese día ni los siguientes apareció el hombre, hasta hoy, que subió ligero de equipaje, con los hombros encogidos. Le observé desde mi asiento... ¡emanaba tanta tristeza!… y la muñeca seguía en la bolsa junto a mí esperando su destino difuso.
Antes de llegar a mi parada me levanté y acercándome al hombre de tez calcinada le dije:
-¡Hola!... ¿Qué tal los niños? Hace días que no los veo.
-Me los han quitado. No tengo dinero para mantenerlos, se me acabó todo lo que tenía y no encuentro trabajo…

Calló y agachó la cabeza. No supe qué decir. Torpemente saqué de la bolsa la muñeca y se la acerqué. Él la agarró estrechándola contra su pecho.
“Gracias” me dijo con voz entrecortada; a mí se me nubló el sol y cuando bajé del autobús estaba lloviendo. No sé si era el cielo quien lloraba o era yo.


***

OBSESIONES Y MANÍAS por Pilar Moreno Wallace


Todo empezó con aquella caja de cartón que guardó con la idea de que podría servir para cualquier cosa. Después fue un trozo de cuerda, un florero roto que había pertenecido a la familia, una lata con restos de pintura a medio acabar, un clavo, una silla con la tapicería por los suelos, incluso un viejo ordenador que ya estaba fuera de servicio, todo formando parte de una colección disparatada que colocó en lo que desde entonces pasó a llamarse el desván de las curiosidades.

Completamente convencido de que todos estos trastos tenían derecho a una segunda vida, pensaba que en alguna ocasión volverían a prestar sus servicios. Así reunió una herencia de objetos inútiles y sin futuro que fue invandiendo todos los rincones del hogar: encima de un armario, en el pasillo, debajo de las camas, detrás del sofá. Era como amontonar deseos de imposible realización.

Quienes llegaron a saber de esta afición decían de ella que era un entretenimiento, o lo achacaban a una necesidad perentoria a la que le impulsaba el miedo de perder el control de las cosas. Otros afirmaban que era una enfermedad, que necesariamente exigía cuidados extremos, y que estaba latente en él desde sus años jóvenes. Con el paso del tiempo se recrudecieron los síntomas y su atención tuvo desde entonces otros rasgos y exigencias. Ahora el más interesante objetivo, y al que más tiempo le dedica, es coleccionar recortes de periódicos y revistas que le surten cada día de material. Los temas abarcan un campo amplio y cubren distintos géneros, desde política nacional e internacional, artículos de diversa índole, jugadas de ajedrez, comentarios de libros y de arte. Sin necesidad de ser un genio en matemáticas se puede hacer un cálculo de la cantidad de papel recortado que almacena, teniendo en cuenta que sale a -por lo menos- dos periódicos diarios desde hace unos treinta años. Amontonados en mesas y estantes son testigos mudos que van envejeciendo sin un especial destino.

Sellos, azucarillos, palabras, llaves que no sirven para ninguna cerradura, bolígrafos, herramientas oxidadas, tarjetas, son sueños que sigue persiguiendo. A este deseo de guardar no hay remedio verdaderamente efectivo. La realidad es sencillamente una obsesión que sumerge en el caos el espacio dominado por esa querencia ciega a las cosas inservibles mientras no haya nada que le haga desprenderse de ninguna de ellas.

26 febrero 2009


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miércoles, 25 de febrero de 2009

BODA NEGRA por Carmen Amaralis Vega


Se oían claramente las carcajadas de los fantasmas vestidos de frac y corbata, entre los alaridos y sollozos de los mártires. El duelo de las vírgenes y los santos, cargando cadenas, y crucificados con espadas ensangrentadas, hacían marco a las miradas en espera de los guardianes del amor. Todos escuchaban los cantos gregorianos y el crujir de las sandalias de los monjes encapuchados. La novia caminaba lento entre los naranjos, y los pasadizos secretos le murmuraban letanías interminables. Se presentía el desenlace. Era la hora exacta de la boda. De entre su corona de azahares se deslizaban los gusanos del cráneo. Los rizos dorados del cabello se desprendían en cadejos sobre los tules blancos que cubrían sus senos de nácar mustia, y de su vientre flácido de esperas frías y largas emanaba un humor de partos deseados. Como lo prometió, así llegó, pensativa y pálida ante el altar. Ella tenía sombras opacas en los huecos oscuros de sus ojos, y él una mueca de desesperación. De entre los harapos de su frac se podía ver un corazón palpitando de emoción. Era la hora de la boda negra.Valió la pena la espera. No les cabía duda, siempre lo supieron: el amor es eterno.
***

FELICIDAD, RIQUEZA, JUVENTUD... Y FIN por Atho



En los tiempos invisibles, en los cuales los poetas trataban a los dioses, sabían que el contacto con lo divino es siempre peligroso. Traspasar el portal del silencio interior, también lo es.

La felicidad es una ave migratoria, una mariposa, una nube, un estado de la mente, es el sueño del desasosiego -no sé quien lo dijo-, no puede encontrarse fuera de uno.

Muchos van en busca de la riqueza, sin saber que es una prostituta sin escrúpulos.

Todos luchamos contra el paso del tiempo -las horas pasan rápidas como carrera de liebre- y tratamos de seducir y burlar al destino sin razón alguna, pues, él no tiene favoritos.

Si despreciamos a los dioses, como el padre de los Centauros, quedamos encadenados a una rueda de castigo por haber intentado luchar contra nuestro destino.
¿Quién no ha pretendido conquistar a la diosa guardiana de las manzanas de la juventud? y si no lo consigue, ¿No se ve recluido en un círculo tenebroso?
Con la llegada de la aurora de los últimos días, cansados de nadar en el tormentoso mar de la vida, ahogados, nos recogerá en sus brazos, la diosa marina más oscura del océano, y nos llevará al otro lado.


“Los dioses son eternos, pero, para los hombres los días están contados”.


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lunes, 23 de febrero de 2009

LOS FANTASMAS por José Dávila Arellano


Sí, era un payaso, un payaso joven..
Se disfrazaba con una peluca de largos rizos rojos. Su cara estaba pintada de blanco con la clásica nariz de bola roja; gruesas cejasde color negro, círculos azulados en las mejillas, y una boca negra y amarilla dibujándole una colosal sonrisa de oreja a oreja. Vestía un saco holgado de cuadros morados y blancos; camisa rosa con lunares morados y corbatín de moño de seda rojo; un pantalón verde con rayas naranjas, zancón y con cintura suelta enganchada de tirantesnegros;un par de zapatos blancos de voluminosa puntera rojinegra, idénticos a los que usaba su tío Ignacio en el circo de arrabal.

Cuando se prendía la luz roja del semáforo, él se aparecía frente alos coches. Rápido, con saltos grotescos, intentaba capturar la atención de los malhumorados automovilistas. Bajo aquella atrevida indumentaria se escondía un cuerpo fuerte, duro, atlético. Torso expandido, cuello de tronco, brazos de hierro y piernas que eran dos columnas de granito. Cuando en el gimnasio se ejercitaba frente al espejo, los músculos le brincaban con asombrosa facilidad a lo largo y ancho de toda su humanidad.

Largas horas, el payaso, le dedicaba al levantamiento de pesas. En el barrio de Nativitas le apodaban "El Monstruo" y en la casa lo llamaban Luis Ángel. Hijo único, de 21 años de edad, luego de reprobar la escuela preparatoria, se negó a seguir estudiando y se convirtió aprendiz de mecánica en el pequeño taller de coches que tenía su padre. Sin embargo, según él, se preparaba para ser galánde cine.

Las tareas automotrices las compaginaba con las visitas algimnasio, en donde hacía cuerpo para lucir bien en la pantalla. Sinembargo, el sueldo de principiante era bajo y la jornada agotadora.Pronto se hartó de hacer "talachas".

–Estudias o trabajas. ¡En esta casa no quiero vagos! –advirtió tajante el padre. –Pues ni lo uno ni lo otro –respondió mandón el hijo y agarró camino para los estudios de cine, convencido de trabajar en la primera
película que le propusieran.
Luego de largos meses de desilusión y fracaso en el mundo cinematográfico, su presentación artística fue en la esquina de Puente de Alvarado y Guerrero, céntrico y conflictivo crucero vialen donde se le escapaba la existencia.

Lanzando pelotitas al aire, haciendo magia con un viejo sombrero de fieltro gris, y desapareciendo el as de espadas bajo el sobaco, sin saberlo, empezó a conformarse, a perderse todos los días en oleadas de automóviles y transeúntes estresados. Nubes de humo, calores asfixiantes y olores podridos, le envolvían. Entre gritos, maldiciones y bocinazos, extraviaba la identidad. En cada alto del semáforo, ofrecía su actuación, plana y breve. Nadie le aplaudía ni se reía; menos aún, le veía de verdad. Luis Ángel era un fantasma en un escenario gris, cruento y mundano. Sin embargo, luego de tres o cuatro horas de tráfago, alcanzaba a reunir algunos pesos.

Después de todo a Luis Ángel no le iba tan mal: no madrugaba, no cambiaba mofles ni parchaba llantas; no checaba tarjeta, no tenía jefe ni pagaba impuestos al fisco. Feliz de la vida, cumplido elhorario, se iba al gimnasio a pulir figura, a forjar volumen, sinimportarle que doña Meche, la cocinera de la fonda de don Erasto, diario le echara en cara:


-Vergüenza te debía de dar Luis Ángel: ¡tan joven y aventandopelotitas en la esquina! Prefieres hacerla de cirquero que buscarte un trabajo de verdad. ¿De qué te sirve lo garrudo?


-Usted no sabe nada doña Meche, ya está antigua –respondíaindiferente el payaso.
En la esquina opuesta, en el jardín de San Fernando, todas las mañanas tres mujeres otomíes, bajo la sombra de un árbol, sesentaban a platicar, a coser muñecas de trapo, a ver pasar el día, y a comer pedazos de zanahorias tiernas. Marcaban su territorio con bolsas de ropa vieja, pedazos de pan duro, cacharros de cocina, mamilas, sonajas, y juguetes rotos para entretener a la chamacada.

Sin preocupación, la vida les pasaba por encima. De la primera indígena, un bebé mamaba de un seno agotado; de la segunda, un chiquillo sucio y moquiento dormía sobre el faldón; de la tercera, dos de sus chamacos culebreaban entre los automóviles.

El mayor, acaso siete años de edad, como robotito, pedía para una torta. La menor, una niña de escasos cinco años, con el moco de fuera y un pedacito de franela, tan pequeño como su corazón, simulaba limpiar el espejo lateral de los coches y pedía para el refresco. Ellos también eran fantasmas de la gran ciudad; fantasmas con la niñez robada, con la identidad perdida y la ilusión secuestrada. Era difícil atenderles y fácil negarles la caridad.
En tanto, al otro lado del crucero, el joven payaso se echaba los pesos a la bolsa.

Cansado de limosnear en vano, el chiquillo tomó de la mano a lahermana y la llevó bajo la fronda del árbol. Buscó rápido en una delas bolsas y sacó un cartoncito con pastillas de pintura de agua.Seguro de sí, primero escupió sobre la roja, luego sobre la negra, y después sobre la blanca, la amarilla y la azul. A continuación tomó un pincel mocho, para restregarlo en las pastillas hasta sacar color.

Se acercó al rostro de la niña y le empezó a pintar: las cejas negras, la nariz y los cachetes rojos y la boca azul, blanca y amarilla.

-¿Pa' qué me pintas?–preguntó. Señalando al payaso, le respondió: "Pa' que de grande seas como él y ganes mucho dinero...".

Luego, teniendo por espejo la ventanilla de un automóvil, él tambiénse pintó las cejas negras, la nariz y los cachetes rojos, y la boca azul, blanca y amarilla.
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ETERNAMENTE (micro) por Emma Rosa Rodriguez


¡Vaya! ahora que estaba en lo mejorcito del sueño vienen estas señoras a interrumpir mi siesta. Bueno, bastará con un par de golpes para que se marchen, ya tengo el ataúd bastante abollado…

–¡Oigannnn! ¿Por qué no se van con sus parloteos a otra parte?
¡Ehhhh, que uno quiere descansar tranquiloooo!...
Je je, han huido despavoridas, éstas ya no vuelven a molestarme…

–¡Ayyyy, qué oscuridad y qué frío! ¿Dónde estoyyyy?

–¡Qué demonios! ¿Elvira, eres tú?

–¡Ayyyy! ¿Cipriiii?

–¡Pero mujer, ni estando muerto me vas a dejar en paz!

–¡Imbécilll! ¿Por qué tuviste que dar esos golpes? Yo que había venido a limpiarte la tumba y a traerte flores y ahora… ahora…
***