sábado, 7 de marzo de 2009

EDURNE ES MACARENA (Relato) por Mª Ángeles Cantalapiedra



… Era febrero aún y sin embargo tenía la sensación de estar en una tierna primavera tan chica que no dejaba de regocijarme en ella. De vez en cuando cerraba los ojos para atrapar esas sensaciones y grabarlas en algún pasaje para no perderlas. En esto estaba cuando apareció Edurne.

"Edurne significa nieve, pureza, blancura. Lo que se entendería como pura y blanca como la nieve"… No lleva esmeraldas en su pecho como la Macarena, pero en su rostro tiene colgados dos mansos océanos con los que percibes la quietud de quien vive en armonía.

Su gesto es tímido, incluso paciente, esperando con una sonrisa que tu voz la decore.

Blanca piel, gesto humilde, es un trasluz en una mañana templada. Recorriendo plazas, callejuelas y hasta un mercado que huele a la gloria de quien conserva su raigambre… Y al lado, ella, con paso diminuto aunque firme.

Es como tener un silbido dulce pegado a tu oreja y un vientecillo fresco y puro que hace mayor tu gozo.
Deleite en una mañana de tierna primavera en la que crees que merece la pena fundirte en la vida y beberla a sorbos pequeños, pero sin dejar ni una gota.

Sí, Edurne es Macarena, ambas fundidas en un solo ser que te hacen llegar a las entrañas y emerger con nueva savia.

Sí, Edurne es Macarena tan dulce y bella como esa tierra donde expande sus raíces.

… ¡Lástima!, que Edurne sea el fantasma de la mujer que tanto amé; cada febrero, en el aniversario de su muerte, vuelve para que no la olvide.
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viernes, 6 de marzo de 2009

ARTO FANTASMA (relato) por Alix Rosales


Después del ataque en Santa Cruz de Tenerife, Lord Nelson se lamentaba a menudo de padecer un insoportable dolor en su brazo derecho. Un día se despertó exaltado, y dando gritos, llamó a un marinero a su camarote.

—Extrañamente hoy no siento dolor, pero mire usted, ¿no le parece que a mi mano derecha le han crecido las uñas?, hágame una manicura.

—¡Sí señor!, respondió obediente. Y sin pérdida de tiempo el subordinado le corta las uñas de la mano izquierda, se las lima y le mete el barniz. “He terminado, Mayor”.

— No, no ha terminado, debe usted cortarme las de la otra mano, que están mucho más largas, ¿no vé? ¡Y me rasca con fuerza el brazo porque no soporto el prurito!

—Le recuerdo Mayor, fue amputado...

—Si, aquella materia de carne y hueso, mas, después de haberse liberado de sus resto mortales, ¿no ve usted que le ha quedado el alma?

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INTERPRETACIÓN CAPGRAS (relato) por Alix Rosales


—¡Buenos días! —dijo mientras asomaba medio cuerpo por la puerta entreabierta.

—¡Hola Daniel, pasa..! —El joven se acomoda en la poltrona.—Ahora, cuéntame ¿cómo te sientes? ¿Viniste solo o acompañado?

—Pues, estoy bien doctor, como siempre. Hago un poco de deporte, leo y veo televisión a menudo, voy al cine los viernes, en fin... Y como siempre vine acompañado, con ellos.
—¿Quiénes son ellos?

—Esos dos señores sentados en la sala de espera. Ellos me aseguran que son mis padres, pero yo sé que son impostores. ¿Sabe?, como los que usan en el cine para las escenas riesgosas, completamente idénticos, pero son dobles. Mis verdaderos padres les pagan para que se hagan cargo de mi desde que sufrí el accidente.

—No Daniel, te equivocas, ellos son tus verdaderos padres. ¿No sientes algo emotivo dentro de ti como para reconocerlos?

—¡Cierto! una voz dentro de mi me lo dicía,y ahora estoy convencido. El problema es, doctor, el motivo por el cual no siento calor afectivo por ellos, ¿se lo digo en el oido?

Y el joven se le acerca y con voz susurrante dice:

— “Doctor: yo no soy el verdadero Daniel”.

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LA SONRISA DESPEGADA por Alix Rosales


Al terminar la función despegó su sonrisa con una pompa de algodón, impregnada de lágrimas; su vida de circo se fue en aquella carpa. Vagó por la calle, no sabía qué hacer, en esa ciudad no conoce a nadie, y nadie lo espera en ninguna parte. Entró en una taberna y se tomó unas copas, refugiado en sus pensamientos: “soy un fracaso, un viejo, un payaso...” Se embriagó en la barra hasta perder conciencia y del local lo echaron a la calle.

En la madrugada murió de frío tirado en una acera. Todos los transeúntes que pasaban por allí se preguntaban: ¿quién es ese hombre que yace en la calle, en dónde vive, de dónde vino?
Descubrieron que es el payaso del circo, cuando vieron en el cielo, revoloteando como mariposas, miles de sonrisas fantasmales.

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EL SÉPTIMO ARTE (De películas y miedos) por Pilar Moreno Wallace


Fue aquel verano, y de eso hace ya tanto tiempo que casi no recuerdo ni títulos ni protagonistas, pero sí vuelve a rozarme esa sensación de miedo y angustia que me producían ciertas películas que vi durante todo el tiempo que pasé en Mérida, y que fueron el germen de las pesadillas que vendrían después.

Cuando acabó el curso, y aunque mis notas prometían unas vacaciones felices, mi padre me obligó a respirar otros aires. Cambiar unos meses libre de uniforme y estudios por la compañía de mi abuela sin tener cerca otros niños de mi edad, no era un porvenir que me hiciera mucha ilusión. Dejar el sur por la calurosa Extremadura sólo me producía pérdidas y añoranzas del mar. Mérida era entonces un pueblo que empezaba a salir de su letargo, pero para mí, lejos de mis hermanos y primos, sin compañeros con los que jugar, era el lugar más aburrido que existía sobre la tierra.

Con mi abuela vivía un tío ya mayor y achacoso; lector empedernido y muy aficionado al cine histórico y de acción. Le gustaba alardear de conocer los nombres de los artistas que estaban de moda. No sé cuantas salas cinematográficas existían en aquel entonces en Mérida, pero no serían muchas. Sin embargo, en cuanto el calor empezaba a apretar –y esto lo hacía exageradamente– se abría el cine de verano, con el suelo de tierra regado de cáscaras de pipas de girasol y las sillas plegables de madera. Dos veces a la semana después de cenar, mi tio nos dejaba a mi abuela y a mí sentadas en el mirador de la casa, para acudir a la cita con la película de turno.

Unas semanas más tarde me llevó tambien con él. Con mis casi doce años apenas frecuentaba el cine, y las películas que recuerdo eran una o dos de Joselito, y "Marcelino, pan y vino" de Pablito Calvo, pero mi tío había despertado mi curiosidad con la descripción de exóticos lugares y escenas llenas de emoción. El cine ha tenido siempre algo de misterio y de encanto. Fue el principio de un tiempo en el que los sueños se volvieron extraños y llenos de imágenes de las que quería huir. Lo que yo pensaba que serían cuentos maravillosos, resultaron dramas que me hicieron temorosa de las sombras y me dejaban horas y horas despierta. No recuerdo títulos ni nombres de artistas, sólo momentos, escenas que han quedado para siempre en mi memoria y que vivía tan intensamente como yo si formara parte de una realidad filmada.

Hubo otras películas, como "Orquídea negra", de Sofía Loren, con un lenguaje y una tensión que no alcanzaban mis pocos años. A pesar de ello y de que olvidé el tema, es uno de los pocos títulos que he retenido. Cuando pasó septiembre regresé al colegio. Aquellas películas terminaron pero dejaron en mí una sensación de inquietud que marcó para siempre mis preferencias por este arte.

4 marzo 2009
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jueves, 5 de marzo de 2009

TEXTO GANADOR: EL TELÉFONO MÓVIL (relato) por Eva


(Todo parecido con la realidad, no siempre implica mera coincidencia).


La admiración de Luis Alberto por Amelio no resultaba casual. Lo cierto es que Amelio era un tipo tranquilo y entrañable, y con su buen hacer y su carácter afable se había ganado la simpatía y la amistad incondicional de Luis Alberto per tutta la vita a pesar de los cientos de kilómetros que les separaban, pues Luis Alberto residía en La Capital y Amelio en tierras Asturianas.

Se veían en contadas ocasiones, aunque suficientes para continuar fomentado la amistad florecida muchos años atrás cuando ambos coincidieran en un congreso literario.

"¿Cómo compensarle los buenos ratos que pasamos juntos?" pensaba Luis Alberto cuya manera de ser, aunque extravagante y singular, se revelaba agradecida y le animaba a agasajar a su amigo.

Esta cuestión le mantuvo en vilo durante cuatro largos días y sus consiguientes noches ya que Luis Alberto deseaba fervientemente demostrar y compensar a su camarada, su compañero, su incondicional amigo, las muchas horas de confidencias en las que compartían geniales conversaciones. Transcurría la cuarta noche de insomnio y sonaban las cuatro de la madrugada, en el reloj de carillón que Luis Alberto acomodara e instalara en el salón de su casa. Un reloj regio y señorial, perteneciente a su familia desde cuatro generaciones atrás: parte de la herencia familiar recibida a la muerte de su padre. Sus cuatro hermanos renegaron de él. Otros objetos mucho más valiosos clamaron su atención y sobre todo sus codicias, por lo que Luis Alberto mucho mas sentimental que avaricioso, celebró en silencio pero con satisfacción, la suerte de recibir el majestuoso y suntuoso reloj de carillón que con frecuencia atraía a su recuerdo la imagen de su abuelo, reloj de bolsillo en mano ajustando las canicas y los péndulos; acción que con el paso de los años repetiría su padre, y que en la actualidad reproducía, miméticamente, él sin perder la usanza del reloj de bolsillo. Ajustaba con esmerada minuciosidad las esferas y las manecillas cada cuatro días, y por no incumplir la tradición familiar, invariablemente a las cuatro de la tarde.

Todo esto pensaba Luis Alberto tumbado boca arriba en la cama, escudriñando la oscuridad, mientras sonaban las cuatro campanadas que anunciaban las cuatro de la madrugada."¿Por qué se repetirá tantas veces el número cuatro?" se preguntaba Luis Alberto en medio de su insomnio. ¡Es curioso cómo se entremezclan los pensamientos! Se incorporó de repente.

¡Ya lo tengo! ¡Claro! La modernidad frente al clasicismo. Las nuevas tecnologías frente a las antigüedades, las antiguallas y los arcaísmos. ¡Cómo no lo he pensado antes¡ Cada vez que suena el carillón evoco a mi padre y a mi abuelo que forman parte del pasado. Cada vez que me duele la cabeza, mal que aquejaba a Luis Alberto con frecuencia, es en Amelio en quien pienso. Le regalaré uno de esos teléfonos modernos que la gente lleva en los bolsillos, con los que hablan por las calles, en la parada del autobús, sentados en el metro… así se sentirá más cerca de su mujer, a la que tanto quiere y adora y charlará y departirá con ella siempre que la extrañe sin que su jefe le amoneste por efectuar llamadas desde la empresa.

Sin duda llevaba merito explicito e implícito la idea y la decisión de Luis Alberto quien por su naturaleza inconformista y resignada, más por vagancia que por ofuscación, apenas comulgaba con la nueva tecnología. Vivía acomodado en las rancias costumbres de antaño.

Contaba aún las bolitas en su ábaco cuando padecía ataques de estrés, retornando así a la infancia, en la cual todo transcurría apacible y pausado y su trenecito eléctrico portaba vagones de mercancías que descargaba una y otra vez en el cuarto de los juguetes. Incluso su propia fachada exterior delataba su clasicismo: impecable, inmaculada, trajeado como un figurín, con corbatas de pura seda italiana y alzas disimuladas en el interior de los zapatos para cumplimentar las medidas perfectas.
Habitualmente, mantenían despierto a Luis Alberto sus insufribles dolores de cabeza. Sus largas noches de jaquecas las compartía a menudo con Amelio que, impenitente vigilante nocturno, velaba con esmero la seguridad de unos grandes almacenes, observando con todo el detenimiento que el parpadeo de sus pestañas le permitía, los monitores de las cuarenta cámaras colocadas estratégicamente a lo largo y ancho del establecimiento. A él llamaba por teléfono cuando sus neuronas se entremezclaban y se amotinaban provocándole las tediosas neuralgias que le retorcían, su cerviz, su pescuezo, su occipucio, obligándole a transcribir con resuellos su suplicio y dejando a la altura del tacón de las botas de Pulgarcito su estado de ánimo. Amelio, paciente, con un ojo por allí y el otro por allá, sabedor de lo agotador que resultaba el tiempo libre de los demás, escuchaba la narración exacta y detallada de Luis Alberto al describir a qué hora y en qué justo momento se iniciaba la migraña.

Buen contador de historias, Luis Alberto, describía minuciosamente cómo en cuestión de instantes, sus sienes temblaban al tiempo que la vena temporal, la que nacía de las venas tegumentarias laterales del cráneo, se hinchaba, y a ritmo de latido, bailaba la migraña. Poco imaginó entonces Luis Alberto que el teléfono, cómplice de sus noches, se convertiría en el regalo perfecto para su estimado amigo.

Las pocas veces que Amelio lograba intercalar una palabrita de canto en medio de la fluida y monotemática conversación de su amigo, le hablaba de su querida Lola. Luis Alberto, envidiaba sanamente el amor que ambos se profesaban. Sabía de las opíparas cenas que Lola le preparaba para mitigar su apetito en la vigilia de la noche manteniendo su libido íntegra hasta el regreso a casa. Sabía, igualmente, las efusivas despedidas que se prodigaban en la puerta del ascensor y de cómo Amelio hundía la cabeza entre los generosos y poderosos pechos de su mujer mientras ella le acariciaba, lisonjera, y con ternura, sus cabellos. Hasta cuatro veces presenciara Luis Alberto aquellas entrañables despedidas. Las mismas cuatro veces que tuviera el placer de cenar en su casa y sentirse un privilegiado invitado de honor en esa familia. Pocas veces vivía Luis Alberto escenas tan tiernas, pues su vocación de empedernido soltero, y las nefastas relaciones con los suyos, le convirtieron en un sempiterno solitario.

El paquete llegó a su destino el jueves cuatro de abril a las cuatro de la tarde. Amelio dormía la siesta y Lola, curiosa, decidió abrirlo al tiempo que leía la nota adjunta.
Querido amigo:

Apenas dos palabras para agradecer tu amistad. Con el deseo que te alejes lo menos posible de tu Lola, te envío este presente que no dudo sabrás manejar muy pronto. Por mi parte, continuaré apegado al método tradicional y a ser posible desde mi casa. Si resultara indispensable me animaría en la oficina pero ya me conoces; soy poco partidario de llevar el aparato en la mano y mucho menos sacarlo en medio de la calle a la vista de todo el mundo, perdiendo la intimidad. No dudo que será éste, un vínculo que estrechará aún más la unión con tu mujer, acortando las distancias y el tiempo con ella, por ella y para ella.
Con todo afecto, tu incondicional amigo,
Luis Alberto.

EPÍLOGO

Lo que omitió Luis Alberto en la nota fueron sus desventuras en las tiendas de telefonía móvil.

-Buenos días. Verá usted, deseaba regalarle a un amigo un teléfono de éstos tan modernos y chiquitos, tan de actualidad en este momento, para que se mantenga al habla permanentemente con su mujer. El trabaja por las noches, es vigilante en unos grandes almacenes, y me consta que la extraña mucho, la echa de menos y le encantaría escucharla y sentirla cerca en todo momento en sus largas guardias, y no dudo, ni por un instante, que el placer será compartido por su mujer.

-¿Y… usted que parece conocer tan bien a su amigo… qué compañía le parece más adecuada?- le preguntó con seriedad el dependiente.

-¡Oiga! No le permito ese tipo de ofensa. ¡Pero… qué se ha creído usted! Mi amigo Amelio no va buscando por ahí otras compañías que no sea la de su mujer. Tenga usted un buen día y que le zurzan.

Salió Luis Alberto de la tienda muy enojado. "Debería volver y hablar con el encargado", se decía a si mismo mientras cruzaba la calle. "Le sugeriré que despida de inmediato a ese penco sinvergüenza que ofrece servicios de compañía a los clientes. ¡Como si mi amigo Amelio fuera de esos que van por ahí dejándose acompañar por cualquiera!".

Caminó largo rato, cabizbajo y disgustado cuando al doblar la esquina se dio de bruces con otra tienda de telefonía móvil con un anuncio espectacular en el escaparate.
NUEVAS TECNOLOGÍAS PARA TODAS LAS EDADES

El gesto de Luis Alberto cambió bruscamente, de nuevo volvía a sentirse animoso."¡Qué considerados en este comercio!, ¡se preocupan por todas las edades! Seguro que en esta tienda hay buenos profesionales", supuso al tiempo que cruzaba el umbral de la puerta.

En esta ocasión se le acercó una joven de aspecto agradable, ataviada a la perfección con traje sastre, color gris perla, de chaqueta entallada y falda recta hasta la rodilla, con camisa azulina de cuello esmoquin y zapatos de medio tacón que completaban brillantemente su atuendo.

-Buenos días caballero. ¿En qué puedo servirle?

-Buenos días, ¡qué amable es usted! Deseaba hacerle un regalo a un amigo y había pensado en uno de estos teléfonos tan modernos y pequeños sin los que hoy en día la gente, tal parece, que no logra sobrevivir, aunque no es mi caso.

-¿Dígame usted? ¿Su amigo pagará el servicio con tarjeta o formalizará un contrato?

-¡Pero que le pasa a todo el mundo! Gritó Luis Alberto consciente que elevaba el timbre de su voz habitualmente estático y monocorde.

-¡Cómo se atreve usted! Mi amigo Amelio es un tipo fiel a su esposa y jamás pagaría ningún servicio ni con tarjeta ni a plazos y… porque parece usted una dama que sinó… ya le estaba diciendo dónde guardase los teléfonos. ¡Hasta nunca señora mía!

Salió de la tienda alterado y enojadísimo, con una migraña de concurso que amenazaba convertirse en permanente y perenne. "¡Están salidos! ¡Todos éstos telefónicos espaciales, están corruptos, locos, pervertidos, degenerados! ¡Dónde iremos a parar con esta nueva era repleta de depravados y reprimidos sexuales que se creen los reyes del mambo con un teléfono pequeñito en la mano! ¡Anda que si saco a pasear el de mi casa se van a enterar! Porque… será antiguo y carcamal, pero grande, lo que se dice grande... es descomunal. ¡Vamos! ¡Que se iban a enterar todos estos lo que es una salida detono!"

Luis Alberto rebuscaba, ahora, nervioso en sus bolsillos."¿Dónde habré guardado las pastillas de la tensión? He de tomar una inmediatamente o saltarán las taquicardias por encima de la gabardina. Hay días que es mejor no parir buenas ideas. ¡Para una que se me ocurre en lo que va de año! Será mejor que vuelva a casa y recapacite."

Al tiempo que encaminaba los pasos hacia su casa, Luis Alberto reparó en otra tienda de teléfonos móviles, y acogiéndose del refranero pensó: A la tercera va la vencida. Claro que olvidó otro refrán que decía: No hay dos sin tres.

Entró en el comercio echo un brazo de mar. Aprendida la lección, soltaría por su boquita, muy bien y de carrerilla, lo que deseaba decir y sobre todo cómo exponerlo.

-Buenos días. Deseo regalarle un teléfono pequeño y moderno a mi amigo Amelio que ya posee compañía y su propia mujer le presta todos los servicios que necesita.

- Ah… muy bien caballero, entonces sólo ha de escoger el diseño. Hace apenas unos días nos han llegado unos nuevos modelos de telefonía móvil que cambian la melodía al mismo tiempo que aumenta la función vibratoria.

Luis Alberto fuera de sí, exclamó:

-¿Cómo dice usted?

Amablemente el dependiente comienza a darle todas las explicaciones.

-¡Verá señor! Hasta ahora los vibradores portaban una potencia moderada pero dado que su uso es muy frecuente y agradecido por los usuarios, los fabricantes han decidido aumentar su intensidad y afirmamos, con toda certeza, que los clientes se encuentran encantados y satisfechos con este nuevo poderío. Lo cierto es que no deja a nadie indiferente.

-Pues mire usted por dónde, aquí se presenta al primer indiferente. Que uno es mayor y quizá bajito y probablemente antiguo pero se menea en su casa lo que necesite menearse y no se dedica a mirar cómo la gente se vibra por ahí por mucha última moda que impongan los fabricantes.

Salió Luis Alberto del establecimiento más furioso que cuando perdía en casa el Real Madrid y con pasos decididos se encaminó a su domicilio. Llevaba ya una idea clara sobre cómo arreglar la cuestión que tanto le perturbaba en aquel momento. Obcecado, y en contra de su costumbre, subió de un tirón sus cuatro pisos andando, sin aguardar el ascensor, pues no deseaba perder más tiempo que el justo y necesario en zanjar el tema del regalo de Amelio.

Llegó al rellano de la escalera jadeando por el esfuerzo. Sin apenas aire abrió la puerta con cierto enojo y la cerró dando un portazo. Dirigió sus pasos, tambaleantes de agotamiento, al cuartito del teléfono. Si, en su casa aún existía una de esas habitaciones, tipo locutorio, de un metro por un metro, con un mastodontito teléfono negro colgado de la pared y una mesita donde apoyar las guías telefónicas.

Descolgó el aparato. Mientras marcaba el número de su abogado, porque… para algo tiene uno abogado, comenzó a debilitarse. Entre tanto ajetreo, se le había pasado la hora del almuerzo.

-Mario, buenas tardes, soy Luis Alberto. Necesito que compres un teléfono de esos modernos y pequeñitos que la gente guarda en los bolsillos y se lo envíes a un amigo mío que vive en Asturias. Te harél legar por Doña Pilar, la portera, la carta que debe acompañar al paquete. Ya me pasarás la factura cuando lo consideres pertinente. Muchas gracias y hasta luego.


Colgó el teléfono con brío y se llevó las manos a la cabeza pues ya comenzaba la danza de la migraña. Sonaba en ese momento el reloj de carillón. Eran las cuatro de la tarde.



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miércoles, 4 de marzo de 2009

PRIORIDAD KINESTÉSICA por Maria Luisa Lázzaro



(del libro Junta de hijas y otras peri-especias, 2008)

Como les iba diciendo sólo necesitaba sentir esa sensación, nada más. No hubo acto lesivo en ningún momento, ni perjurio sobre su cuerpo. Les vuelvo a explicar que yo lo cité en el café Los tres garfios, donde se reúnen los poetas a fumar y a hablar pendejadas.

Le dije que era periodista del Journal Le France, quería entrevistarlo porque sabía lo importante y leído que era. Confieso que esto último era jalabolada. Me gustaban sus piernas; desde que lo vi en la presentación de su libro Las vísperas del infierno, me llamaron la atención. Allí empezó mi calvario y luego el suyo.

Me lo estudié todo, hice mi cuaderno de preguntas literarias; preparé mi carné de periodista con logo del diario, a color y plastificado. La grabadora digital me costó una fortuna. Lo llamé, lástima que no lo grabé, casi se babeaba de la emoción. Por supuesto que me dijo que sí. Le ofrecí ir por él y regresarlo entrada la noche. Así fue que comenzó el asunto. Llegamos al café, estuvo veinte minutos saludando de besos y abrazos, pasó mesa por mesa mientras yo esperaba en la nuestra. De seguro fue diciendo: Es del Journal, me pidió una entrevista; con esa sonrisa de niño con su primer carrito de control remoto traído por los Reyes Magos. Justo veinte minutos después se sentó sonrojado todavía, pidiendo disculpas; como diciendo con los hombros: Es que me conocen, saben de mí. Pedimos capuchino. Por supuesto, le rogué me dejara azucararlo. Ya tenía preparada la primera pastilla de quinientos miligramos de Benzoaldehídoparafrénico. Revolví con parsimonia viéndolo con admiración. No era nada del otro mundo, pero me gustaba ese chicuelo escondido en su mirada adusta, que dejaba tamizar en días especiales como ese del café.


Yo, pregunta que pregunta, y el tercio nada que se adormilaba,y miren que es una dosis para dormir a un burro dedoscientos kilos. En el tercer capuchino le puse otra pastilla que desmenucé debajo de la mesa. Ahí sí empezó a bostezar. Antes de caer menguado sobre la mesa me dijo que no publicara nada antes de mostrárselo, Es bueno hacer una poda de coloquialismos conversacionales que no se veían bien en un diario de tanto prestigio. Me pidió que lo llevara a su casa, le había entrado un cansancio repentino. Comenzó a justificarse, que escribía desde la madrugada; además su despacho tenía clientes exigentes de su profesionalismo.


Me lo llevé abrazado para disimular entre las personas, aunque el lugar estaba atestado de gente y cada quien andaba en lo suyo. El humo espeso de las fumadas permitía una neblina excelente para disipar rasgos. Tenía todo preparado, lo llevé al motel Penélope, metí mi auto hasta la habitación setenta y nueve. Eso sí, tuve que arrastrarlo porque estaba flácido a más no poder; es decir, con todo el peso acumulado. Lo acosté en la cama matrimonial, le quité los zapatos, las medias… y los pantalones. La camisa se la respeté, bueno y también los calzoncillos.


De eso da fe el examen forense. Vieron que decía que no había ningún trauma ni fluidos.


Les dije desde la primera confesión que sólo quería poner mis piernas desnudas sobre las piernas desnudas de él, sentir ese contacto que ya me estaba obsesionando. Necesitaba tener ese registro en mi parte sensorial.


Mi intención era regresarlo a su casa a la media noche por lo menos, pero como tuve que darle dos pastillas no volvió en sí hasta bien entrada la mañana. Cuando despertó estaba vestido. Me hubiera gustado bañarlo y perfumarlo, pero sabía que para mi defensa legal esto hubiese sido blanquear evidencias. No me quedé en el motel por razones obvias; como mínimo me hubiese caído a golpes. No obstante le dejé una nota explicándole todo. Nota que trajo a la DIPM para denunciarme por violación, secuestro y engaño.


Como ven, vine por mis propios medios, pueden arrestarme por secuestro táctil pero no por violación, ni actos lascivos.


***

EL HOMBRECILLO DE RAYAS GRISES (relato) por Luis A. Alcocer



Esto sucedió durante una tarde de verano, hace ya muchos años,
una tarde de la que no he olvidado, ni olvidaré, creo, un solo detalle...



Estaban junto a mí, en la parada del autobús. Eran mayores, más de setenta años. Ella, pelo teñido, vestido amplio floreado, pecho dominante, de esos a los que uno se acerca con cuidado, con miedo a que un movimiento le haga salir despedido; sujetaba, con las dos manos, el bolso que colgaba de su cuello, mirando a su alrededor como si fueran a quitárselo; cada diez segundos, alargaba el cuerpo, su mirada calle arriba buscando el autobús; la punta de su zapato golpeaba, impaciente, el suelo. Miró mi cigarro encendido y, rápidamente, lo tiré apagándolo con el tacón...

Él (cómo no, siempre es igual) era muy poquita cosa: casi calvo, sus gafas ocultaban una mirada que debía adivinarse, fija en la acera de enfrente donde nada había; entre las solapas de su traje, rayas grises, se escondía malamente, un nudo de corbata mínimo y torcido; sujetaba, con su mano izquierda, una bolsa de plástico; no se movía...

“ Toda la vida con corbata y ni hacerte el nudo sabes. Si es que el que nace inútil...¡ Y estate quieto, acabarás tirando la bolsa!...”

Les dejé que se subieran antes que yo. Mientras él introducía el bono-bus, la mujer atravesó el pasillo, el bolso bien amarrado, separando contrarios con los codos, arrollando a los insensatos que se interponían entre ella y los dos asientos del fondo. Él, tambaleante, la seguía, avanzando o retrocediendo según los vaivenes del autobús.

Me senté tras ellos. La mujer, aunque el calor era insoportable, cerró su ventanilla y la del asiento anterior.

“Se hacen corrientes y los resfriados de verano son los peores”

Y en voz más alta, dirigida a una pareja joven sentada delante:

“¡Ya no se respeta nada!”

Luego, fijó sus ojos desafiantes sobre los dos cogotes, esperando un gesto, pero éstos permanecieron quietos.

Pasaron dos o tres minutos.

“¡Qué calor!”, dijo, mientras se abanicaba con la mano.

“¿Habrás guardado bien el bono-bus?... no sea que lo pierdas, como siempre, que no sé en qué vas pensando...”

El hombrecillo asintió con la cabeza, sin separar la mirada del frente.

“¡Qué calor!” –insistió-. Teníamos que haber cogido un taxis..., pero no, el señor no tiene en cuenta si yo voy cómoda o no...; luego para el periódico sí hay dinero, pero para un taxis no. ¡Bastante te importa a ti que yo esté a gusto!”.

El hombre inclinó levemente la cabeza y se rascó una mano. Parecía no estar allí.

Los jóvenes que estaban delante se miraron, rozaron sus labios y ella descansó su cabeza sobre el hombro de él.

La mujer empezó a removerse como si estuviera sentada en un hormiguero.

“¿Has visto, has visto?...¡Qué vergüenza!...¡En público, como si no hubiera otros sitios para hacer marranadas!”.

La pareja no se inmutó.

“¡Claro, así les va!...¡Así pasan las cosas que pasan!”.

Miró a su marido:

“¿Y tú qué?...¿No dices nada?...¡A ver cuando hemos hecho tú y yo!”...

Puede que ustedes no me crean, pero entonces, sucedió algo insólito: yo que estaba sentado justo detrás del hombrecito de gris, comencé a leer, a escuchar, o a sentir, no lo sé, sus pensamientos; claramente, como si estuviera dentro de mi cabeza. Él seguía inmóvil, sin mover un músculo..., solamente unas gotas de sudor le resbalaban coronilla abajo...:

“Déjame besarte, sólo un beso y nada más...”
“Pero, nos pueden ver... aquí, en el portal...”
“Anda, sólo una vez”
“Bueno, una vez”

... ...
... ...

“De verdad, podemos casarnos; mi padre me va a colocar en su negocio y luego, cuando termine la carrera, ya buscaré otro sitio mejor...”

“De acuerdo, pero tendrás que convencer a mi madre; no por la boda, aunque sabes que le caes muy bien, sino para que nos vayamos a vivir con ella.”
“¿Y no podríamos alquilar un sitio pequeñito y estar solos los dos?...”
“Eso ni pensarlo. Yo no la voy a abandonar. Y, además, es un dinero que nos ahorramos... Total, más tarde o más temprano, Dios no lo quiera, ella nos dejará y ya podremos vivir solos.”

“Bien, como tú quieras, mi amor.”

... ...
... ...

“Mira, he estado pensando; han pasado veinticinco años, tenemos dinero ahorrado suficiente para comprar un piso. Además, el niño ya ha terminado la carrera y va a necesitar un cuarto más, un despacho, para él solo... Y no hace falta irnos lejos, podríamos buscar uno por aquí cerca y tú seguirías al lado de tu madre...”

“Siempre has sido igual de egoísta; qué verdad es que las personas no cambian nunca. Serías capaz de dejar sola a Mamá... ¡Serías capaz!.”

... ...
... ...


“Ya estás tosiendo otra vez..., tú y tu tabaco...”
“Pero, si no fumo; si no me dejáis.”

“Sí, no fumas en casa, pero fuera seguro que sí, además le has pegado tu costumbre al niño, que se pasa el día con el cigarro en la boca.”

“El niño tiene cincuenta años y pienso que no le influye mucho lo que yo haga o deje de hacer...”

“¡Cuánto te gusta discutir y llevar la razón!...
¿Qué quieres?... ¿Qué nos oiga Mamá?...Ya sabes que se disgusta si discutimos; y no me hables del niño, que bastante sofocón me dio cuando se casó y se fue de casa... Y todo por tu culpa, que bien le animaste.”
“Pero..., ¿cómo iba a vivir aquí...?

“Pues, tan ricamente, con sus padres y su abuela; donde caben tres caben cinco... Pero tú siempre llevándonos la contraria, molestando a las dos, queriendo hacer siempre lo que a ti te parece... ¡Por qué te haría caso, con lo que bien que hubiera podido estar yo!...”

... ...
... ...

Sólo habían pasado tres o cuatro minutos. La mujer del asiento de delante miró a su marido...:

“¿Te has quedado dormido o qué?... Llevarte a ti al lado es como llevar un paraguas. Venga, levántate, que nos bajamos en la próxima; sólo falta que nos pasemos de parada, lleguemos aún más tarde y Mamá se preocupe...”


El hombrecillo se puso en pie, se acercaron ambos a la puerta. Fui detrás. Él salió primero, le ofreció su mano para que se apoyara al bajar.

“¡Quita esa mano, que igual me haces caer!... ¡Y, encima, estos bolsos con la correa tan larga...!”

Movió el bolso hacia un costado, para poder usar las manos al salir, manteniendo la correa alrededor de su cuello. Bajó, y entonces aquel hombre pequeño, con un gesto que sólo yo percibí, mientras se cerraban las puertas, empujó hacia el interior el bolso.

El autobús marchó, calle abajo, arrastrando a la mujer, golpeando su cabeza contra el bordillo de la acera unas veces, contra las farolas, alineadas cada diez metros, otras.

Se quedó observando como desaparecía a lo lejos, tras una esquina. Luego, me miró, creí ver una lucecita en el fondo de los cristales de sus gafas de miope.

“¿Tienes un cigarro, hijo?”

Se lo di.

“¿Quieres subir a ver a tu abuela?”
Negué con la cabeza.
“¿Paramos un taxi?”
“Bueno”, contesté.
Tiró al suelo la bolsa de plástico que había llevado en la mano durante todo el viaje.
Caminamos, uno junto al otro... Comenzó a notarse una brisa ligera, preludio de un Otoño apacible...

... ...
... ...

Como ya les dije, sucedió durante una tarde de verano, hace ya muchos años, una tarde de la que no he olvidado, ni olvidaré, creo, un sólo detalle.



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HIPOCRESÍA (poema acróstico) por Rosa M. Arroyo



Hoy, hay haberes hacinados, heladoras

insinceridades invernales.

Piden precio para pagar

oscuros ósculos, opacidades oculares; o

capitulan conveniencias

recogiendo redes rotas

enredadas en ese espacio.

Sí, son suntuosos silencios

incitando inútilmente

al amor auténtico.


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